domingo, 4 de diciembre de 2011

cumplidora de deseos





 

Ante el asombro de los que estaban en la editorial, Cortez volcó sobre el piso el contenido de dos bolsas que habían sido dejadas en la recepción. Adentro de una de estas había hojas secas de árboles, arbustos y flores en una variedad muy cercana a la que se encuentra en la naturaleza. En la otra, sobres en los que destinatario y remitente, solidarios, frecuentaban el anonimato de una casilla postal.
 Aún, no sabían que decían todas y cada una de ellas. Pero era un corolario de palabras que se había ido reuniendo desde hacía mas de cincuenta años, a través de una mujer que se hacía llamar Cumplidora de deseos y que había utilizado un anuncio en un periódico y una casilla postal para que el encuentro se produjera. Por lo que pudieron saber después los de la editorial, esta mujer había recibido de manos de otra la responsabilidad de continuar con esta cadena de deseos, bajo la consigna de cumplirlos.
Raúl Cortez fue el primero en hablar y aseguró que las dejaron en la recepción, pero que no sabían quien fue. Juan Benitez fijó su vista en el sello después en Cortez, que pisaba una hoja y aseguró que podrían llegar a saber cuanto valía esa correspondencia extraña.
 Extraña por qué?, preguntó Cortez que comenzaba a torturarse y Raúl Quimpás, el editor en jefe, sin sacar la vista de los pies del muchacho, insolente, hizo lo propio frente al anonimato.
 Bueno, sino extraña al menos confusa, porque no me van a negar esto último de la procedencia de las bolsas, además del contenido, por lo menos, de una de ellas. Se vió precisado en aclarar Benitez.
Después de las últimas palabras en el cuarto, se hizo un silencio en el que sólo se podía escuchar como crujía otra hoja, bajo los pies de Cortez. Quimpás, alterado, gritó ¡muchacho!, sintiéndose incapaz para hallar otra palabra.
 Creo que por algo debemos comenzar y en este caso, será por abrir una de las cartas, dijo Clarisa Ramón, quien hasta ese momento no había dicho nada. Benitez sintió la necesidad de estar de su parte y respondió asintiendo con la cabeza. Después, él mismo hizo un ademán como si tuviera la intención de extraer el papel de adentro del sobre que ya tenía entre las manos, pero no lo hizo. Era evidente que la curiosidad lo sobrepasaba, porque en otras circunstancias, no se hubiera tomado su tiempo.

 Todos trabajaban en la editorial desde hacía varios años. Quimpás y Benitez habían sido amigos desde mucho antes y juntos abrieron ese espacio que los acercaba al deseo común de publicar los trabajos de escritores noveles. Cortez era un estudiante que realizaba para los otros las tareas que estos no podían o querían hacer. Clarisa Ramón había pasado por varias publicaciones como ayudante. Ella y Quimpás se conocieron en una entrega de premios y puestos de acuerdo, sobre la temática que escogería, si tuviera el lugar para exponer, pasó a formar parte de la editorial.
¡Con éste desorden no vamos a poder clasificar nada¡, dijo Benitez después de ver que entre las dos cartas que tenía, había una distancia significativa de años. Tengo en una de mis manos un sobre que acusa la edad de cuarenta y siete años y en la otra, uno que coincide con el mundial de futbol que se realizó en Argentina. Precisamente, esta cumpliendo otro año este mes. Siguió mirando a todos y a cada uno. Vió a Cortez con dos sobres en el aire y pensó en que si serían vía aérea o si sólo jugaba a adivinar que decía el papel que estaba adentro. Clarisa Ramón le daba otra idea cuando dijo, la clasificación por fechas es una buena idea, pero cabe la posibilidad de que no haya un texto interesante.
 Hum, hum, dijo Quimpás y llegando a parecerles a los demás que sólo murmuría, agregó, creo que tiene razón, yo pensé precisamente en lo que Clarisa expuso.
 ¿Entonces?, sólo alcanzó a decir Cortez que fue atajado por Benitez para impedirle que destrozara otra hoja y mientras hablaba parecía querer implantarle en la cabeza las susecivas veces en las que había pisado una diferente, pongámoslo así, terminó diciendo, pueden ser huellas.
Quimpás resolvió intervenir antes de que la situación se saliera de control. Tomemos un descanso e intentemos pensar después en un primera clasificación, porque de lo contrario, podríamos llegar a dispersar el material en tantas ideas como personas estamos aquí presentes. Bien, dijeron los demás que sólo aguardaban a salir después del primero que tomara la iniciativa. El primero en hacer un movimiento para salir fue Cortez y, en tanto movía una pierna, esa era seguida por tres pares de ojos más los propios, que miraban el lugar en donde sería depositada.                       
Cuando una hora mas tarde regresaron Benitez y Clarisa Ramón, Quimpás, de rodillas volvía a meter en la bolsa las hojas secas. En ese momento entró Cortez, que con decisión resbaló hasta el suelo y comenzó a ayudarlo. Para Clarisa resultó claro que el resto debería ir a parar a la basura y apareció enseguida con un escobillón al que dispuso cercano al muchacho. Quimpás tuvo que incorporarse debido a un dolor que comenzó a sentir en la cintura, en tanto Benitez prefirió no hacer lo mismo que antes había hecho su amigo y decidió tomar el escobillón para terminar cuanto antes. ¡Qué pérdida de tiempo!, dijo en voz alta y Cortez, no queriendo atajar el golpe, se marchó para ir a traer una pala. Clarisa no sabía que pensaba Cortez, pero sintió que debía intervenir para que se le restara importancia a la situación, que con anterioridad los había llevado a ese malestar. Aunque no sabía cómo defender lo que ella misma consideraba indefendible. Pensó que de cualquier forma, el muchacho siempre ocasionaba malestar en los demás y que eso se debía a que sólo cumplía un horario. En tanto Cortez volvía todo quedó olvidado o al menos, pasado por alto y continuaron con la tarea que tenían pendiente. En algún momento se sentaron y comenzaron a deliberar. Creo, dijo Benitez, que no tendríamos que desestimar mi idea porque sería al menos un comienzo. Aunque puedo agregar que deberíamos hacer el trabajo, ya sea juntos o por separado, pero respondiendo a un solo criterio.
 Eso se sobreentiende, dijo Clarisa Ramon y aclaró, para esto tenemos que leer primero alguna de las cartas.
Ya sabía que se sobreentendía, le contestó Benitez, a lo que me referí fue a que debíamos concluir en un criterio y si no recuerdo mal, cuando vos hace un rato dijistes que debíamos leer algunas de las cartas, lo hicistes para que tomáramos en cuenta la posibilidad de que hubiera un texto interesante de por medio. Personalmente, creo en que esto no vino a parar a este lugar por casualidad. Deberíamos tomarnos el trabajo de investigar y si llegara a pasar que debemos deshechar todo por considerarlo, verdaderamente inútil, entonces, tendré que pedirles perdón a ustedes por el tiempo que perdieron.
No se trata de que tengas que pedir disculpas y mucho menos que ahora salgas en defensa de algo que hasta vos desconoces. ¡Benitez, Clarisa! déjense de pavadas que estamos todos en lo mismo y vos ¡muchacho! acercate, si te interesa aprender el oficio.
Quimpás había estado pensando en que Cortez saltaría de ahí en cuanto pudiera y creyó oportuno mencionárselo justo en ese momento, para obligarlo a decidir. Pero lo que no había previsto era la reacción de los otros, que saltaron ni bien él hubo pronunciado estas palabras. Lo cierto era que Cortez, tanto para Benitez como para Clarisa Ramon, casi solventaba la permanencia con la realización de las tareas que a ellos les hubiera impedido abocarse a lo que les interesaba.
 ¡Qué me parta un rayo si los entiendo! No hace ni dos horas, que digo dos, una, estaban tácitamente de acuerdo en que este muchacho no servía para otra cosa que para barrer y al minuto siguiente en el que yo le propongo a él y sólo a él, que tome una decisión, ustedes dan un respingo que por poco los hace pegarse con sus cabezas y lo defienden como si fuera el empleado del mes.
Perdón, empezó diciendo Cortez, creo entender lo que está sucediendo y quiero decirle que acepto su propuesta.
Bien, no se habla mas de esto y ahora por favor, continuemos con lo que si es importante. Por mi parte, creo en que la mejor decisión a tomar sería la de leer la totalidad de las cartas o, al menos, hasta que alguna de estas nos indique de que estamos hablando. Pero como tenemos trabajos pendientes, propongo que cada uno de nosotros tomemos algunas y que al otro día hagamos los comentarios y así, hasta que hallemos algo.
Razonable y todo bien para mi, respondieron respectivamente Benitez y Cortez. Sin quererlo, Clarisa Ramon se había quedado rezagada en la contestación y esto llevó a Quimpás otra vez a la cabecera y a preguntar si había quedado algo pendiente.
Lo anterior que había escuchado Clarisa había sido la propuesta de su jefe y lo último la palabra pendiente. Entre una y la otra no había pasado mucho tiempo, pero a ella así le había parecido y atribuyó a esto el ánimo malamente dibujado en las facciones de sus compañeros.

 El cuarto empezaba a oler a papel viejo y a hojas secas que humedecidas por el aire, se enmohesían. Un poco antes, otras habían ido a parar bajo los pies del muchacho que no había querido buscar la destrucción, como si hubieran querido buscar un final distinto del que las estaría esperando cuando la lectura terminara.
Clarisa Ramon había elegido unas cuantas al azar y ahora entre sus manos tiene una e intenta anotar algo en un cuaderno que preparó. Una primera hoja parece mostrarle en la posición en la que está, enfrentándola a cientos de palabras escritas con distinta caligrafía y tinta. Piensa en esos hombres y mujeres detrás de una promesa en la que confiaban porque se fundía en un papel que todavía, aunque amarillento, sobrevivía a los años, a la promesa e incluso en algunos de los casos, podría ser que hasta a ellos mismos.
 Una primera hoja, de tres que forman la misiva, estuvo en manos de la mujer, pero ahora es Clarisa Ramon, quien lee los tres vocablos que ya conoce y que se repetirán hasta la última carta que lea.

Cumplidora de deseos

Vivo sola, tanto como sólo puede hacerlo una persona que se ha quedado sin más compañía que la de los ruidos que llegan desde el exterior. Hija única de una pareja, que mayor en el momento en que decidieron procrear, ha muerto. No se entristezca por lo que le cuento. Si decidí empezar por lo que a mi me resultaba mas dificil, seguramente, es porque ya lo he superado o, al menos, es lo que menos me acerca al deseo de no estar en esta vida.
No sabré como continuar con esta carta, a propósito de lo que usted propone en su anuncio, sino paso de inmediato ha hacerle saber cual es, al fin de cuentas, mi deseo. El anhelo que me sostiene sobre los pies y que acude a mi mente en toda oportunidad que puede o que yo dejo que pueda, no estoy segura de esto, aunque tampoco de muchas otras cosas que puedan estar sucediendo y si estas, ocurren por la infinita bondad de un ser superior o si es por la otra no menos infinita, pero cruel bondad (como pareciera dejarse entreveer).
Pienso en que para ese momento en el que ya esté sobre estas líneas habrá presentido mi deseo y que este al menos dejará de importar tanto para mi porque estará en manos de alguien que intentará hacerlo realidad.

Cortez golpeó la puerta y entró pidiendo permiso. Clarisa, con la carta en la mano para hacerle ver que no podría detenerse, aguardó a que dijera lo que había venido a decir. Ambos sentían que había interrumpido, pero Clarisa era quien debía dejar de lado la postura que había elegido. Intentó una tregua que Cortez aceptó sin que mediara un gesto. Como si hubiera crecido esa mañana ante él mismo y después del ofrecimiento que Quimpás le hiciera y debiera aceptar todo con la seriedad que requería su estado actual, adentro de la editorial.
En media hora tengo una clase a la que no puedo faltar. Necesito dejarte éstos números de teléfonos a los que tiene que llamar Quimpás hoy, sin falta y en cualquier horario, él salió, siguió explicando por si acaso fuera necesario, y no quisiera que se traspapelaran, ¿puede ser? terminó diciendo mientras estiraba su cuerpo por sobre el escritorio para que ella los tomara.
Ya no estaba tan segura de que haber depuesto su actitud negativa hubiera sido la mejor decisión y prefirió aclararlo para evitar inconvenientes futuros. Problema no habría si él llega antes. ¿Cómo hacían hasta ahora con los mensajes ineludibles?.
Hasta hoy yo sólo los dejaba sobre el escritorio. Pero no me quedaron demasiado claras las palabras del jefe y no sé si él se estaba refiriendo sólo al trabajo de las cartas cuando me ofreció aprender el oficio y bueno, como no estoy seguro, quiero asegurarme. En verdad es por hoy y porque Quimpás se fue, mañana le pregunto.
Bueno, por hoy creo que está bien. Dijo alargando la frase.
Gracias Clarisa, te debo una. Ella no pudo menos que observarlo mientras le decía esto y salía con el ímpetu de las primeras horas del día. Para ella era un poco tarde ya y empezó a sentir que el cansancio la situaba más cerca del descanso que de seguir estudiando o, en este caso, de seguir con la lectura. Aunque, pensó, quizás sea por el tipo de carta. Recordó las primeras líneas y en verdad eran un poco lúgubres, quizás demasiado para esta hora, se dijo y resolvió realizar otra tarea que la distrajera sin ocasionarle adormecimiento o pesadumbre y, en vos alta, mañana.
Pero mañana sería para ella más tarde. Cuando en su casa después de servirse la cena y quedar satisfecha, intentó distraerse con algún programa en la pantalla chica. Bien, ellos decidieron por mi. Clarisa Ramon hablaba para escuchar algun sonido, aunque este fuera su propia voz y así, sentirse conectada con el resto a los que no veía sino de tanto en tanto, procurando no dejarse arrastrar hacia todo lo que ella consideraba como una abismal descendencia. Tomemos la carta y leamos que dice esa señora acerca del deseo que ya debería estar entreviendo nuestra cumplidora.

Como antes le dije, estoy sola. Vivo un  poco al margen de todo y ni la cotidianeidad me une a las personas. Observo en ellas el desagrado a la vida sin que esto sea percibido por ellos mismos. Yo puedo, porque a través de sus miradas cansadas me enfrenté alguna que otra vez con sus propias muertes o, si lo prefiere, a un desánimo que los llevaba directamente al desfallecimiento de sus cuerpos, que los dirigía a una muerte peor de lo que podría ser la verdadera.


No existe una definición que pueda acercarse a lo que ella siente. Cree que en cualquier instante van a entrar por la puerta cien angeles que de espalda le dirigirán la palabra. Que cuando esto suceda, lo harán para recriminarle el amargor que siente después de haber leido esa primera hoja.
 Pero qué puedo hacer con esto sino transcribirlo y que llegue en forma de libro a transitar sobre las mismas historias. A quién le podré preguntar acerca de ti o de la anterior a ti sobre esas promesas. ¿Qué te llevó a elegirnos como antes a vos? No puedo imaginar que ahora seas tan anciana como para haber decidido abandonar el lugar. Todo lo contrario. Aunque podría ser posible que te hubiera sobrepasado y que por esta razón, te hubieras visto en la necesidad de dejarlo. Eras en verdad una cumplidora de deseos o sólo una metáfora de un deseo personal que encerraba a otras búsquedas y cumplido este ya no tuvistes la obligación de continuar. Decididamente voy a leer las cartas para encontrar las respuestas y deseo desde ahora que no me defraudes, porque no voy a poder inventar una identidad y mucho menos un rostro anciano que devuelva una sonrisa.


La noche también había encontrado trabajando a Benitez. Tenía en sus manos un sobre que no había sido abierto y aún no se había podido explicar el significado de las hojas de la otra bolsa. Cuando abrió el sobre encontró tres y los pliegos en los que se describía el deseo de un hombre al que jamás encontraría en su camino. Se esfuerza en leer un borrón, mientras, absurdamente, se crítica sin poder hallar una pista sobre el orden de letras y palabras que llega riguroso. Pero debe transpirar el error en tanto siguen llegando las demás para enmendarlo. Hay resquemor en la mirada de Benitez mientras lee. Siente que la carta invade una lápida antes de tiempo y no le gusta. Tampoco quiere abandonar la lectura, pero lo hace y escoge a las hojas, que como víctimas desproporcionadas, caen sin haberlo ayudado a encontrar un sentido. Afuera han comenzado a apagar el alumbrado público cuando se recupera. En el mismo lugar en donde se quedó la noche anterior imaginó a un hombre al pie de un árbol y una complicidad enmarcada por un viento suave que arrastró al hombre y lo llevó a buscar la palabra, que anónima llegaría demasiado tarde.

Toda una vida me llevó comprender, pero lo he hecho.

Lee mientras desea seguir haciéndolo sin que le llegue su propio destaze y quedar atrapado en esa historia que para él, encierra la misma idea que se continúa. El hombre cercado en un espacio al que no puede dejar de verlo infinito.
Invoco al espíritu del indio, que sin llorar a los espíritus de sus antepasados, apoyó sus orejas en la tierra y supo cuantos jinetes venían sobre un total de cinco caballos. Aunque no pudo advertir a los escuálidos y galopantes que fecundaron la llanura con el terror. Un poco más cerca, como quien dice a la vuelta de la esquina, el mismo terror. El mismo pánico que conlleva a la masacre y a la casi extinción. Pero para todos la mediación sirve si es en un estado primigenio con lanzas de un lado y fusiles del otro. Después viene la otra mediación, con los cuerpos sin vida, mientras ellos mismos cavan una fosa común. 


Sin presentir más que las palabras que, día a día, se iban diciendo adentro de la oficina de Quimpás, se adentraban en los deseos, que a veces hacían propios. Quimpás había tomado en cuenta la opinión de Benitez que era la del resto y si bien no la compartía, también había sentido que el total de las cartas debía soportar una reducción. Pero lo que nunca aceptaría y así, se los hizo saber, era que llegaran a ser unas cartas empobrecidas, aunque compartieran el destino con el proyecto, porque prefería que permanecieran adentro de un cajón. No sólo pensaba en la fidelidad que le debía a quien permaneció junto a su obra, aunque ahora ésta, pendiera anónima, sino que además en los seres que se habían adherido al anonimato como a un sueño último. O como Clarisa Ramon lo había expuesto antes, después de que pensó en que era una cadena que se había originado en un deseo personal a la que fueron llegando otros y que en algún sitio se habían adherido o habían sido adheridos llegando a formar un único deseo.
Hasta ese momento habían pasado varias semanas y el único que no había hecho comentarios había sido Rubén Cortez. Como después explicó, fue porque sino hasta ahora no había querido interrumpir la hilvanación que venían haciendo y que para él, llevaba en si misma un gran valor, pero a la que sentía lejos de ser la correcta o al menos, la apropiada.
 Una fuerza extraña enmarcó las caras de los tres que lo observaban y Cortez sintió que no podría hablar. Quimpás se había quedado absorto en la palabra que el muchacho dijo y en que esta proclamaba un proceso que se podría llegar invertir cuantas veces se deseara, pero por el que no llegarían a una conclusión.
En medio de las miradas iracundas de Benitez y de Clarisa Ramon, Cortez empezó a defender lo que consideraba que estaba ocurriendo. Creo que la intención de leer todas las cartas llevó a que nos involucráramos con el contenido y quizás, no pudo haber sido de otra manera.
Vos pensás que yo pude incolucrarme con las cartas, cuando traté de encontrar un anhelo personal en el origen.
Mirá, Clarisa, lo que a mi parece es que si esa señora concluyó con el correo porque pudo cumplir su deseo, la pregunta aquí es por qué se tomó el trabajo de entregarlo y, además, si nos eligió al azar.
¿Cuál sería la diferencia?, según vos pensas.
Ninguna, si hubiéramos pensado en no hacerlo.
Retomemos, empezó diciendo Benitez, que hasta entonces se había mantenido callado, debemos pensar en la posibilidad de que la señora considerara que era necesario que se dieran a conocer y de este modo, podríamos concluir en que no era un deseo personal.
No, eso no la exonera. Intervino Quimpás.
Tampoco cometió un delito como para que ahora nosotros seamos el jurado y el juez. Decidió Clarisa Ramon.
Bueno, por lo visto ya tiene un defensor. Volvió a intervenir Quimpás, pero intentando un tono burlón para suavisar la situación. Su estrategia dió resultado a medias porque Clarisa Ramon pidió que la excusaran un momento y Benitez se encontró diciendo que iba a buscar algo para tomar.
 Quimpás y Cortez se quedaron solos. La pregunta estaba en el aire, pero Quimpás debió hacerla, porque Cortez revolvía  el lapicero sin que pareciera querer dejar la acción.
 Por qué no dijistes nada cuando empezamos con todo esto.
Cortez debió dudar un poco antes de responder y cuando lo hizo, más seguro y animado por Quimpás, dijo que no estaba al tanto del trabajo que tenía que realizar y por lo tanto, no sabía hasta que punto le permitirían involucrarse.
¡Pero muchacho!, saltó Quimpás, si hubieras hablado antes, ahora iríamos por mejor camino y quien sabe si ya no estaríamos próximos a la edición. ¿Qué pensas que estamos haciendo mal?, además de que el proyecto está mal encarado.
En realidad creo que es sólo eso.
Bueno, ¿cómo lo habrías hecho si hubieras estado solo en esto? Aunque, no esperá.
Lo próximo que hizo Quimpás fue llamar al resto para intentar un nuevo trazado que él, considerándose sabedor del oficio, haría.

   
Mientras seguían aguardando a que Quimpás decidiera el orden en que volverían a encarar el proyecto, Benitez y Clarisa Ramón continuaban con la lectura de las cartas. Quimpás estaba en lo mismo, aunque ellos no lo sabían y Cortez convocado por su jefe, se pasaba la mayor parte del día en la biblioteca intentando encontrar en un periódico el recorte de la Cumplidora de deseos. En tanto Sonia Asis, la recepcionista, comenzó a encargarse de algunas de las tareas que realizaba Cortez antes de dejar su puesto vacante.
Clarisa Ramon, sin tener aún la claridad del nuevo trazado se inmiscuía en las cartas, pero ahora intentando abstraerse casi tanto como de su primera percepción. Insistiendo sin entreveer que para ella se encadenaban el día y la noche.
Una carta que lee parece suspirar cuando nota el temblor en sus dedos, mientras ve que el cuarto está oscuro salvo por la lámpara que enfoca al papel. Sólo cuando sus ojos comienzan a ver un texto que llega a parecerse a líneas grises, desunidas por los bordes, decide levantarse, pero para seguir en el texto al que relee mentalmente.

Tenía un deseo cuando era niña y de esto hace mucho tiempo. Mi deseo era el mismo todos los años porque yo quería que Papá noel me trajera una muñeca que fuera como yo de alta y que hablara y caminara. Con el tiempo pude saber porque nunca se me cumplía, pero en esa época me dolía el corazón cuando veía a otras niñas con sus muñecas.  No sentía verguenza de que las otras niñas la tuvieran y yo no, porque llegaran a pensar en que me había portado mal. Quería una porque sentía que la merecía y cada año que pasaba volvía a sentir lo mismo, hasta que crecí y dejé de pensar en las muñecas. Después me casé y tuve dos hijas que fueron y serán toda mi vida.


Deseo, deseo, quiero un deseo. Quiero poder llegar a entender a esta correspondencia anónima.
Una columna invisible a los ojos sostiene a la historia que se ha ido construyendo. Una columna de lastre que une y desune al mismo tiempo. Una salvación digerida antes y lista para volver a ser digerida, siempre y cuando, el proyecto estuviera enfocado hacia el objetivo primero. De lo contrario, desde la editorial habrían quedado cientos de vidas expuestas, pero sin haber sido quitadas de la primera hilvanación; primera y única que se había hecho alrededor desde el origen.
Ella cierra los ojos y vuelve a pensar en lo que deseaba cuando era niña. Sus deseos no se parecen a los de la señora de la muñeca. Tampoco debió sentir de la vida, la ínfima precariedad. Se asusta un poco porque siente que algo grita y proviene de su pecho. Cuando intenta volverlo a traer no puede y se queda como estaba, por un rato, como si aguardara a que el instante que si se desea tan sólo llegue.
Es tarde cuando decide regresar a su casa y sobre la salida se encuentra con Benitez, que envuelto hasta las orejas le cuenta que la temperatura está bajo cero. Y esto era real como que ahí adentro no lo sentían y se dejaban cobijar todo lo que pudieran llegar a permitirse. Hubo un instante también para Benitez que no mira mientras ella se despide de Quimpás, aunque ambos están lejos, después alza la mano y sale a la calle y a la noche, pensando en que hubiera pasado. En vos alta sólo dice deseo y vuelve a acariciar a la palabra y como si quisiera enfrentarse, pero no al frío o a la noche.
¡Qué pasa aquí, será que sobra o que falta la reiteración!.
 Una luna grande parece querer mostrarle otra cara de la noche, pero baja los párpados e interna un poco más a su cuerpo adentro del abrigo y continúa el camino que lo llevará a su casa.


Cortez llegó a la editorial lleno de satisfacción. La misma que sentía cuando las cosas le salían bien. Su cara y todo el cuerpo se fundían con la sensación y quería hablar ya y decirlo todo de una vez.
A ver muchacho, contá hasta tres y empezá.
Está bien, ya lo hice.
¡Qué rápido!, ironizó Benitez, que fue sacudido por la mirada de Quimpás.
Encontré un diario, recalcó mientras miraba a Benitez, en el que apareció el anuncio de la cunplidora, y aclaró, hasta acá no es mucho, pero tengo que contarles que no figuró en ningún otro, ni antes ni después.
Eso si que es raro, dijo Quimpás masajeando su cabeza con ambas manos, por qué habría de hacer el anuncio una sola vez.
Pudo suceder que le llegaran demasiadas cartas y si estaba sola no le quedó otra opción. Lo que había resultado evidente para Cortez no lo fue tanto para el resto que decidió buscar otra, que los convenciera.
Y si fue un error. Dijo Benitez.
¿Dónde está el error?, le preguntó Cortez.
No en tu tarea, sino en la intención del anuncio. Supongamos que el anuncio estaba dirigido digamos, y miró a la mujer que estaba con ellos, a hombres.
¡Perfecto! no he escuchado otro disparate más grande en mi vida, sentenció Quimpás, desde ahora me está pareciendo que deberíamos irnos cada uno por su lado y pensar muchachos, pensar, que les aseguro no hace mal. Creo que el cansancio está haciendo estragos y que lo mejor va a ser que tomen distancia con las carta, al menos por un tiempo.

Cuantro años debieron pasar hasta que pudieron cubrir el proyecto. Durante ese tiempo tuvieron lugar muchas conversaciones en las que la mayoría terminaba en una discusión. Otras se dispersaban, como al principio se había sugerido y debían dejar a las cartas nuevamente adentro de un cajón.
Una carta, después fueron varias, en la que se mencionaba la elección de las hojas los llevó a entender qué significaba su presencia. Esa carta había estado en manos de Benitez el día que eligió para decir que se marcharía. Un poco antes de esto, leía una frase en un fragmento, que interrumpida quedaba para ser interpretada y esa fue elegida para representar la idea. “Porque la vida me ha enseñado”, se publicó sin que Quimpás pudiera verlo. Pero unos meses antes, como si hubiera sabido, había tomado la decisión de dejar a Cortez al frente de la editorial.



































































sábado, 3 de diciembre de 2011

queriedo a ana

Era enero y a media mañana murio. Mucho antes de todo ese tiempo, Ana era una niña que iba de uno a otro hogar y abrazaba fuerte como una mañana calida en la que los vientos arrecian. Un poco antes, como si el tiempo se hubiera detenido recorrio la vida. Como si hubiera buscado a proposito el juego insolito, una situaci[on, despues otra, la llevo a crear un mundo en el que los niños se prendian y sorprendiendose tambien ella, caminaba sobre una cuerda floja o hacia sombras chinescas amparada detras de una tela.
Siempre recordaba una mañana en la que sentada sobre las piernas de su padre comia rodajas de pan con cebolla y sal. Cuando la hacian enojar para que hablara en italiano y sintiendo que solo quedo en sus venas la inspiracion de una raza, le dolia que vinieran losrecuerdos cuando tenia tan poco que recordar. No pudo entender sino hasta mucho despues que sus padres se separaran. Que siete hermanos pudieran reunirse años despues y que habia ido detras de cada nacimiento que se producia en la familia queriendo encontrar el llanto que apenas podia recordar.

El viento sacudio las ramas mas finas y crei, que podria llegar a verla en cualquier momento bajo el mimbre que sigue dando sombra.Ella era como esa sombra que se extendia a lo ancho del terreno, despues estaba la casa y un poco mas adelante el jardin. Pense que quiza el viento me trajo un recuerdo en la finura del arbol que planto Ana y que no solo fuera para recordarla. Tenia tanto para pensar. Ana y los trajes de Ana. Los juegos de Ana y la maravillosa sorpresa de su existencia. El mimbre y su sombra y las hermosas tardes de verano hablando. El tiempo de Ana y el tiempo.
Y casi como si no pudiera evitarlo venian a mi cabeza las palabras. Verla intentando entender o quiza agradecer en el juego de palabras la posibilidad. Hubiera querido entender yo, que necesito. Que palabras busco antes.

El cansancio o las pocas ganas, lo cierto es que cada vez me cuesta mas encontrar disposicion, quiza queriendo comprobar que una fuerza sutil esta siendo generosa conmigo, tambien de parte mia.
Horas que se repiten. Horas en las que el viento cede y el paisaje quieto me trae la certeza. El tiempo parece dividirse y empiezo a odiar el sonido del reloj. El tiempo que marca hacia ese final que se inevitable. Tengo demasiado con el tiempo que ya existe como para aceptar el tic tac. La division es soportable mientras puedo ver el sol o la luna cayendo sobre la ciudad y enmarcando los rostros de distintas maneras. Pero no veo la necesidad de apoyar el paso sobre ese minusculo artefacto que suena y sin detenerse arremete. No lo arrojo porque se que encontrare cientos sin buscarlos siquiera. Decido ignorarlo, pero empiezo a odiar al reloj.

La vida se movia al rededor Ana. La priorizacion de la ida. La obligacion de ver su cuerpo irse de a poco. El dolor del cuerpo. Parecia un ensañamiento contra su fragilidad. Pero creo que fue contra su espiritu y como si quisiera decirme que seguira naciendo al amparo de la noche, ella siempre, no pasa nada. Podia resistir y reir mientras el dolor la postraba y los demas buscabamos la explicacion. Una explicacion que no llegaria de inmediato. Ni siquiera sabiendo del final se acepto aquella mañana ni al cabo de muchas otras la partida. El ultimo sitio aunque inhospito traia la devolucion del tiempo en el sol que estallaba sobre el cesped. Una mañana de llantos y risas que se compartieron recordando a Ana. El tiempo de Ana. Para mi fueron tres palabras que constantes se fueron adentrando y hasta la salvedad me parecio gritar su nombre y los dias que la vida se movio a su alrededor.
Nunca dejo de la lado el juego y el disfraz. Jugabamos a la visitas compartiendo una infusion y aunque apenas hacia un minuto que no la veia, ella siempre reclamaba. Se que no podia luchar contra ese sentimiento. A veces me irritaba le continuo menosprecio conque se trataba, despues tarde, muy tarde comprendi que trataba de aferrarse a los instantes queriendo dejarme uno mas. Como si hubiera presentido y deseando en un juego mas, en un disfraz mas, la retencion de imagines que la memoria guardaria para el corazon. Casi como si me inmiscuyera en su juego aporte a la galeria una vestimenta oscura durante algun tiempo. Despues creia que a Ana no le hubiera gustado.  A ella le hubiera ido un traje de arlequin. Colores suaves y a ella adentro del traje  haciendo movimientos graciles. Pense en su rostro aun terso. Su cabello ondeado y negro, corto. La finura de sus facciones y de sus manos. El abrazo. El respeto. Como si ella aun estuviera. Como si solo el tiempo se hubiera detenido un instante y esa mañana. El sol sale todos los dias y la noche regresa con una estrella nueva. El viento sigue atormentando a las ramas mas finas del mimbre y aun asi cada dia tiene nuevos brotes. Quize mirar por ultima vez el mimbre el dia que decidi escribir esta historia. Quiza segura de que no tenia mucho en comun con Ana. Quiza el milagro de la vida lleva a esos reflejos, a chocar contra una semejanza y a aceptarla ante de poder reaccionar. Ana y los obstaculos para encontrar fortaleza. Ana y sus juegos y disfraces en los que se escondia sabiendo que no habia escondites. Sintiendose libre adentro de ellos. La verdad de Ana trepando a la nube. El deseo de Ana. Encontrado y bapuleado por ella misma mientras queria poder salvar los obstaculos. Una mujer que podia sentir a la altura de un niño la fiereza del hombre. El respeto, siempre el respeto. No pasa nada pasando de todo. El sueño al que desperto como a la vida misma que intento atrapar en sus manos para ella y para el resto. Otra vez halle similitudes.

Paraisos en los que se cree y terrenalmente son destruidos. El hombre y reflejo constante del sol sobre los ojos. La tierra vaciada sobre una tumba una y otra vez, por centenares y aun asi insistiendo sobre el vaciamiento.  La preocupacion. El desaliento. La lluvia sobre el cesped y volviendo a plantar un arbol y teniendo una promesa en el llanto del niño que acuno.


Ana era asi. Sentia asi y queria respirar y que todos respiraran la paz en medio de la vida que podia ver vivir dia a dia.
Tambien para mi empezo a crecer el deseo de Ana. Tantos tuvieron el mismo fin que casi podria dejar de importar. Pero importa. La salvedad de Ana grito. Y grito tambien a traves de otras voces en tantos años.

Entender a Ana despues de haber creido tanto tiempo que la entendia, fue dificil. Mas, porque debi inclinar la cabeza y darme cuenta de lo poco que habia hecho. Una postura comoda me dije en un momento deseando poder volver a atras en el tiempo y escucharla y sabiendo que no podia hacerlo, repeti una postura comoda, intentando que la frase se adentrara en mi cuerpo y me lo recordara durante mucho tiempo. Despues me resulto cruel el castigo. No porque fuera mi cuerpo el que estaba siendo agredido o ,ortificado y obligado a andar inclinado, sino porque de alguna manera crei entender que en esa postura no podia hacer nada mas que continuarla.

Debi volver a pensar en el mimbre y su sombra. Empezabamos a hablar y terminaba llevandome a donde ella queria que me detuviera. Recorde que un momento se quedo mirando hacia la nada. Empezo a oscurecer y casi enseguida pude ver la luna. La cara de la luna blanca con algunas sombras adentro. Ana seguia en la misma posicion. Nos quedamos las dos en silencio. Ni siquiera el viento interrumpio esa noche. No fue,sino hasta que Ana dijo tengo miedo, que reaccione. No podia entender que tuviera miedo y le pregunte a que, sin creer que en verdad estuviera sintiendolo.

A lo que no se dice.

Como si estuviera frente a ella.

La palabra, bendicion y castigo.

Podria detenerme en el vaiven de las ramas y solo observarlas para despues ir con la vista detras del vuelo de un pajaro, reflexionar que solo queria ayudarme comolo hacia cuando era niña.

Me rio. Aun no estoy segura de por que, pero rio y la risa parece explotar desde adentro de mi cuerpo y como unrosa me llleva a sentir su perfume.

Pero la implicacion del juego en la vivencia era solo parte de ella.
Despues la generosidad de la vida mientras intentaba resarcirse de los primeros años de Ana.

Sabia de una historia de amor y del adios que no cambio con los años. Como si el renunciamiento tuviera el mismo valor de esa despedida a destiempo. Como si los sueños solo hubieran podido estar de la mano de Ana. De la mano la certeza y una ultima promesa compartida.
Pense mucho en el adios y en el renunciamiento. Admire en alguna medida esa sospecha de que no todo era vivir y crei que debiamos morir un poco en cada muerte. Pero responsabilize a Ana de la tortura a la que se prestaba como si continuara con los juegos y los disfraces. Una parte de mi me decia que era imposible. Otra, que seguia necesitando a Ana. Como si ella pudiera decidir desde ese otro mundo sobre la vida.
El desaliento con el que empece a dirigirme sobre los pasos que deberia dar era tedioso y,hasta que realmente senti que estaba muriendo un poco y peor, detras de cada dia, fueron pasando todos estos años. Años en los que me torturo la muerte. Esa muerte. Esa unica muerte y vida a la que desvarolizaba yendo detras de cada dia. Creia que tenia tantas razones que seria incoherente pensar. Que el viento        tranquilo podia seguir masticando las ramas finas sobre la huella profunda. Que lo mismo hubiera arriesgado que la luna esta mas cerca. En realidad creia que todo estaba mas cerca de lo que siempre crei. Los juegos y los disfraces tambien.

Todavia deberian seguir pasando algunos años para comprender a Ana y que tambien utilize disfraces. Aun, creo seguir haciendolo. como si necesitara probarmelos hasta saber con certeza cual era el que queria encontrar. Tampoco podria asegurar que encontre la palabra o que alguien pudo llegar a entenderme. Quiza el instinto de preservacion me llevo a creer que podia seguir sobre mis pies eternamente. En todo caso deje de evitar los recuerdos. Charlas que debiamos interrumpir mientras se aceleraba la redencion de su cuerpo y un acceso nos traia a la realidad.
El silencio me aturdio en algun momento. Despues fueron los recuerdos. Hasta encontrar el significado del hambre y la sed de su cuerpo debieron pasar muchos años, pero tambien mi vida. La propia vida en la que tenia libre albedrio y podia elegir ensuciar cada nueva o vieja vertiente y no haciendolo,elegia continuar,
Tambien en la eleccion deberia haber previsto la cotidianeidad. Situaciones incontrolables. Desvarios de mi mente que atribuia al cansancio predisponiendome a las situaciones incontrolables. Una noche crei escuchar una queja. Apenas si podia recordar el sueño, pero aun asi recorde la queja. Una palabra que salia como de en medio del sueño y quedo flotando adentro de la habitacion. Con todo a oscuras solo podia ver una luz que de algun farol cercanoentraba por la ventana. Pero no senti miedo. Sabia que no debia sentir miedo solo deberia pensar. Por varios dias tuve en mi cabeza rondando a las palabras y sin encontrarles el significado. Una mañana me desperte y como si siempre hubiera estado ahi, entendi el absurdo trajin que me volvia como si no hubiera aprendido nada. Casi podria asegurar que el juego paso a un segundo plano.
Debi recurrir a las horas que acumulaba intentando olvidar. Fue a traves de sus hijos que lo hice. Cada uno de ellos tiene algo de Ana. En cierta medida todos son Ana. Podria arriesgar que de ella heredaron el sentido del humor. Pero crei entender que habia un respeto inmaculado a ese primer llanto o a esa primera carcajada, en una risa aspera.
Irremediablemente los juegos y los disfraces.

El aire se les transforma en un carcelero que gotea sobre sus frentes, ientras creen que el tiempo orre lento y la vida nunca satisface demasiado.

Pero como antes crei entender el disfraz. Ana y la expectativa. El deseo unico y ultimo. Un poco del sin sentido que reprobo siempre. La heredad. Esencia y plenitud de Ana. El camino mostrado, el seguido, a seguir. La eleccion.Un muestreo de ilusiones que se volvaban sobre los juegos. El teatro del absurdo. Caras y caretas. Caretajes.

La historia no se detendra por la falta de un cuerpo. Apenas si lloraran los deudos mientras puedan hacerlo.

Otra vez el grito que irrumpia. La salvedad en la mascaradel hombre zaherido desproporcionalmente. La foto sepia sobre un mueble como buscando recordar. La simulacion. El orinal del mundo y todas las personas orinando. Vi en muchas ocasiones que la fuerza no se condecia con la apariencia de sus cuerpos. La mortandad acechando al mundo y la precariedad del hombre adentro de un tubo de ensayo. El sentido y el sin sentido del hombre.
Vi un hombre del que dirian es muy mayo. Su cuerpo flaco y como caminaba a diario hacia la ense;anza. Un dia sus manos huesudas le arrebataron al aire una particula de tierra que iba hacia mis ojos. Entonces pense en que no habia generaciones entre nosotros, solo el respeto. Me basto para sentirlo cerca. Eb la distancia el tiempo me llevo a reconocer la enseñanza. El valor de la enseñanza. Los valores. La inconfundible sensacion de felecidad mientras se construye un puente en la imaginacion. El llanto que venia a reparar una perdida antigua. El puente inmaculado sobre la carcajada que se escucha fuerte y que aturde, pero deseable. Una vida que se cruza a salvo. El magico juego de los disfraces. La teoria y la practica del juego de los disfraces, Ana adentro de su disfraz de arlequin sosteniendose apenas sobre sus pies cansados. Casi como si ya hubiera tenido las alas prontas.


La vida en si continuaba. Como esa historia otras. El tiempo en el tiempo de cada propuesta. Cada alineacion de seres como antes en la historia de Ana. La sucesion perenne de vida y muerte y hacia la historia concreta. El estallido de la sangre qye imploraba por una vida, a veces por una muerte y casi necesaria lelgaba. Aun asi continue. Buscando mi historia. Una historia en la que pudiera dejar de la misma forma que Ana, una huella profunda. No sabia su podria hacerlo. Si tendria la fuerza aunque sintiera que si. Sin poder detenerme. Una muerte invalidada. Un pasado amado. El presente en la respuesta de cada dia que pasaba. Una primera respuesta en la miniatutizacion de la sombra del mimbre, pero como dejando de lado la idealizacion. Dejando de lado el fanatismo. Nunca el deseo. El deseo que se comparte desde mucho antes de mi cuerpo o el de Ana. La vida misma. La vida a la que se choca con constancia. La busqueda. El futuro aguardando. Cientos de veces el hombre antes, duramnte y quiza despues.

Una pareja se detuvo en el mismo sitio que antes estuve para comprobar los grande que se sienten.
Vi la ciudad que parecia sumergirse. Un poco antes el mismo centro de la tierra y por un segundo crei que se acercaba un barco, pero eran las olas que rompian en las rocas. Quiza esas mismas rocas en otra oportunidad sintieron el desfallecimiento de un cuerpo, de un alma.
Anhelantes, pero subyugados por la marea que parece como si solo estuviera para recordarnos que existe una fuerza superior al hombre.

Pense que era una broma de mal gusto cuando una mañana no encontre el diario donde lo habia dejado,  desde el primer dia. En ese momento, pasado presente y futuro pasaron por mi cabeza. Una razon antes y despues cuando no estaba. Cuando el cielo parecio dividirse con la salvedad de la tormenta esa primera noche sin Ana. Despues dia y noche unicos o ultimos, en la sucesion inacabable que se sumaron al estallido en medio de las primeras veinticuatro horas. Pense que podria estar adentro de una bolsa inmersa en un gran barro publico y senti que hubiera podido morir en ese momento si no lo encontraba. Llore dejando que se escaparan algunas imagines. El mimbre verdoso despues casi minusculo, asaetado y cayendo en medio del patio y sepultado por el barro. Con cara de espanto queriendo encontrar el diario.
La pena termino. El reves de la historia en el luto concreto, fugaz. El cuerpo celeste sobre el cielo. Un juego y el disfraz suspendido, inmaculado. Todo en un cuerpo que se va. Un antes y un despues como cuando debi darme cuenta de que no hallaria el diario. La sed. El hambre. Frente al manjar. Toda una vida de miradas robadas a los silencios que me llevaron a intentar entender mucho despues. Cuando ya no estaba Ana. Cuando al tiempo debi robarle otras imagines para traerla. Ana y sus vuelos de mariposa sorprendida por las flores en un campo de algodon. En las similitudes del llanto y de la risa. Su rostro perdido en el anonimato. Como cientos. Inmaculados y tratados con vehemencia yaciendo en el barro.

Como antes dije me enfrente a esa vida que gritaba por mas vida. A esa tierra que constantemente se transformaba como queriendo decir que era necesario. La tierra inquieta revolviendose por debajo del mar. Las placas enormes revolviendose debajo del mar. De la misma tierra. Aveces, el estallido casi a la altura del cielo. El hombre pequeño intentando correr. Queriendo en ese momento a su propia vida mas que a nada. Despues, anonimo bajo la inundacion de barro o agua. Otras, el estallido de las bases. El animo como un campo yermo. Pero siempre queriendo a su vida mas que a nada. Todos correidno o pensando. Como si no importara ese destini comun a todos y lejano pudiera seguir en la espera de un solo cuerpo.

Yo tambien corri. Olvidando que nunca sere inmortal a veces lo sigo haciendo. La practica cotidiana me llevo desde el deseo inesperado a acariciar el corazon. A veces crei encontrar el pasado de Ana. Su niñez. Su cuerpo pequeño sobre las piernas de su padre. Con algunos hermanos cercas y otros lejos. Algunos todavia pequeños. La similitud en hombres y mujeres que no dejaron de reir, pero tampoco de llorar. El hombre inquieto detras de su historia. Un hermano generoso llamando a su puerta algunos años despues, catorce. El primer saludo como siempre. Poco a poco los juegos y los disfraces. El juego de las visitas. El te en medio y un plato de galletas horneadas por Ana. Despues serian el abrazo y el beso. El corazin rebozante de Ana casi niña recuperando para siempre.
En medio de la otra historia su historia. En principio el amor como cualquiera. El amor y el deseo. La certeza. Ana mujer. Ana madre. La cancio de cuna, incansable. Siempre el respeto. Abriendose paso la historia. Despues plantaria el mimbre a un costado del patio. Despues la sombra creciendo  como el arbol. Extendiendose como Ana. Intentando abrazar fuerte como cuando era niña. Aprendiendo a decir adios. Apenas sobornable esperando una vuelta.
Mucho despues el mes y todavia sin saber que no importaria el numero o el nombre que designara su partida, ya empezaba a extrañarla.
A veces eras rara la sensacion de no encontrar a Ana. Esa sensacion parecio perseguirme. En distintos momentos de la vida crei poder conocer a una persona y volvia a comenzar como si hubiera sido apenas un instante antes. El tiempo me seguia trayendo rarezas. El saludo de Ana.
Para mi fue necesario imaginar los pasajes sin la necesidad de saberla sola. Como si le hubiera bastado con sentirlo. Una historia en la que la protagonista dejo de lado la salvedad de fechas o una firma.