Ante el asombro de los que estaban en la editorial, Cortez volcó sobre el piso el contenido de dos bolsas que habían sido dejadas en la recepción. Adentro de una de estas había hojas secas de árboles, arbustos y flores en una variedad muy cercana a la que se encuentra en la naturaleza. En la otra, sobres en los que destinatario y remitente, solidarios, frecuentaban el anonimato de una casilla postal.
Aún, no sabían que decían todas y cada una de ellas. Pero era un corolario de palabras que se había ido reuniendo desde hacía mas de cincuenta años, a través de una mujer que se hacía llamar Cumplidora de deseos y que había utilizado un anuncio en un periódico y una casilla postal para que el encuentro se produjera. Por lo que pudieron saber después los de la editorial, esta mujer había recibido de manos de otra la responsabilidad de continuar con esta cadena de deseos, bajo la consigna de cumplirlos.
Raúl Cortez fue el primero en hablar y aseguró que las dejaron en la recepción, pero que no sabían quien fue. Juan Benitez fijó su vista en el sello después en Cortez, que pisaba una hoja y aseguró que podrían llegar a saber cuanto valía esa correspondencia extraña.
Extraña por qué?, preguntó Cortez que comenzaba a torturarse y Raúl Quimpás, el editor en jefe, sin sacar la vista de los pies del muchacho, insolente, hizo lo propio frente al anonimato.
Bueno, sino extraña al menos confusa, porque no me van a negar esto último de la procedencia de las bolsas, además del contenido, por lo menos, de una de ellas. Se vió precisado en aclarar Benitez.
Después de las últimas palabras en el cuarto, se hizo un silencio en el que sólo se podía escuchar como crujía otra hoja, bajo los pies de Cortez. Quimpás, alterado, gritó ¡muchacho!, sintiéndose incapaz para hallar otra palabra.
Creo que por algo debemos comenzar y en este caso, será por abrir una de las cartas, dijo Clarisa Ramón, quien hasta ese momento no había dicho nada. Benitez sintió la necesidad de estar de su parte y respondió asintiendo con la cabeza. Después, él mismo hizo un ademán como si tuviera la intención de extraer el papel de adentro del sobre que ya tenía entre las manos, pero no lo hizo. Era evidente que la curiosidad lo sobrepasaba, porque en otras circunstancias, no se hubiera tomado su tiempo.
Todos trabajaban en la editorial desde hacía varios años. Quimpás y Benitez habían sido amigos desde mucho antes y juntos abrieron ese espacio que los acercaba al deseo común de publicar los trabajos de escritores noveles. Cortez era un estudiante que realizaba para los otros las tareas que estos no podían o querían hacer. Clarisa Ramón había pasado por varias publicaciones como ayudante. Ella y Quimpás se conocieron en una entrega de premios y puestos de acuerdo, sobre la temática que escogería, si tuviera el lugar para exponer, pasó a formar parte de la editorial.
¡Con éste desorden no vamos a poder clasificar nada¡, dijo Benitez después de ver que entre las dos cartas que tenía, había una distancia significativa de años. Tengo en una de mis manos un sobre que acusa la edad de cuarenta y siete años y en la otra, uno que coincide con el mundial de futbol que se realizó en Argentina. Precisamente, esta cumpliendo otro año este mes. Siguió mirando a todos y a cada uno. Vió a Cortez con dos sobres en el aire y pensó en que si serían vía aérea o si sólo jugaba a adivinar que decía el papel que estaba adentro. Clarisa Ramón le daba otra idea cuando dijo, la clasificación por fechas es una buena idea, pero cabe la posibilidad de que no haya un texto interesante.
Hum, hum, dijo Quimpás y llegando a parecerles a los demás que sólo murmuría, agregó, creo que tiene razón, yo pensé precisamente en lo que Clarisa expuso.
¿Entonces?, sólo alcanzó a decir Cortez que fue atajado por Benitez para impedirle que destrozara otra hoja y mientras hablaba parecía querer implantarle en la cabeza las susecivas veces en las que había pisado una diferente, pongámoslo así, terminó diciendo, pueden ser huellas.
Quimpás resolvió intervenir antes de que la situación se saliera de control. Tomemos un descanso e intentemos pensar después en un primera clasificación, porque de lo contrario, podríamos llegar a dispersar el material en tantas ideas como personas estamos aquí presentes. Bien, dijeron los demás que sólo aguardaban a salir después del primero que tomara la iniciativa. El primero en hacer un movimiento para salir fue Cortez y, en tanto movía una pierna, esa era seguida por tres pares de ojos más los propios, que miraban el lugar en donde sería depositada.
Cuando una hora mas tarde regresaron Benitez y Clarisa Ramón, Quimpás, de rodillas volvía a meter en la bolsa las hojas secas. En ese momento entró Cortez, que con decisión resbaló hasta el suelo y comenzó a ayudarlo. Para Clarisa resultó claro que el resto debería ir a parar a la basura y apareció enseguida con un escobillón al que dispuso cercano al muchacho. Quimpás tuvo que incorporarse debido a un dolor que comenzó a sentir en la cintura, en tanto Benitez prefirió no hacer lo mismo que antes había hecho su amigo y decidió tomar el escobillón para terminar cuanto antes. ¡Qué pérdida de tiempo!, dijo en voz alta y Cortez, no queriendo atajar el golpe, se marchó para ir a traer una pala. Clarisa no sabía que pensaba Cortez, pero sintió que debía intervenir para que se le restara importancia a la situación, que con anterioridad los había llevado a ese malestar. Aunque no sabía cómo defender lo que ella misma consideraba indefendible. Pensó que de cualquier forma, el muchacho siempre ocasionaba malestar en los demás y que eso se debía a que sólo cumplía un horario. En tanto Cortez volvía todo quedó olvidado o al menos, pasado por alto y continuaron con la tarea que tenían pendiente. En algún momento se sentaron y comenzaron a deliberar. Creo, dijo Benitez, que no tendríamos que desestimar mi idea porque sería al menos un comienzo. Aunque puedo agregar que deberíamos hacer el trabajo, ya sea juntos o por separado, pero respondiendo a un solo criterio.
Eso se sobreentiende, dijo Clarisa Ramon y aclaró, para esto tenemos que leer primero alguna de las cartas.
Ya sabía que se sobreentendía, le contestó Benitez, a lo que me referí fue a que debíamos concluir en un criterio y si no recuerdo mal, cuando vos hace un rato dijistes que debíamos leer algunas de las cartas, lo hicistes para que tomáramos en cuenta la posibilidad de que hubiera un texto interesante de por medio. Personalmente, creo en que esto no vino a parar a este lugar por casualidad. Deberíamos tomarnos el trabajo de investigar y si llegara a pasar que debemos deshechar todo por considerarlo, verdaderamente inútil, entonces, tendré que pedirles perdón a ustedes por el tiempo que perdieron.
No se trata de que tengas que pedir disculpas y mucho menos que ahora salgas en defensa de algo que hasta vos desconoces. ¡Benitez, Clarisa! déjense de pavadas que estamos todos en lo mismo y vos ¡muchacho! acercate, si te interesa aprender el oficio.
Quimpás había estado pensando en que Cortez saltaría de ahí en cuanto pudiera y creyó oportuno mencionárselo justo en ese momento, para obligarlo a decidir. Pero lo que no había previsto era la reacción de los otros, que saltaron ni bien él hubo pronunciado estas palabras. Lo cierto era que Cortez, tanto para Benitez como para Clarisa Ramon, casi solventaba la permanencia con la realización de las tareas que a ellos les hubiera impedido abocarse a lo que les interesaba.
¡Qué me parta un rayo si los entiendo! No hace ni dos horas, que digo dos, una, estaban tácitamente de acuerdo en que este muchacho no servía para otra cosa que para barrer y al minuto siguiente en el que yo le propongo a él y sólo a él, que tome una decisión, ustedes dan un respingo que por poco los hace pegarse con sus cabezas y lo defienden como si fuera el empleado del mes.
Perdón, empezó diciendo Cortez, creo entender lo que está sucediendo y quiero decirle que acepto su propuesta.
Bien, no se habla mas de esto y ahora por favor, continuemos con lo que si es importante. Por mi parte, creo en que la mejor decisión a tomar sería la de leer la totalidad de las cartas o, al menos, hasta que alguna de estas nos indique de que estamos hablando. Pero como tenemos trabajos pendientes, propongo que cada uno de nosotros tomemos algunas y que al otro día hagamos los comentarios y así, hasta que hallemos algo.
Razonable y todo bien para mi, respondieron respectivamente Benitez y Cortez. Sin quererlo, Clarisa Ramon se había quedado rezagada en la contestación y esto llevó a Quimpás otra vez a la cabecera y a preguntar si había quedado algo pendiente.
Lo anterior que había escuchado Clarisa había sido la propuesta de su jefe y lo último la palabra pendiente. Entre una y la otra no había pasado mucho tiempo, pero a ella así le había parecido y atribuyó a esto el ánimo malamente dibujado en las facciones de sus compañeros.
El cuarto empezaba a oler a papel viejo y a hojas secas que humedecidas por el aire, se enmohesían. Un poco antes, otras habían ido a parar bajo los pies del muchacho que no había querido buscar la destrucción, como si hubieran querido buscar un final distinto del que las estaría esperando cuando la lectura terminara.
Clarisa Ramon había elegido unas cuantas al azar y ahora entre sus manos tiene una e intenta anotar algo en un cuaderno que preparó. Una primera hoja parece mostrarle en la posición en la que está, enfrentándola a cientos de palabras escritas con distinta caligrafía y tinta. Piensa en esos hombres y mujeres detrás de una promesa en la que confiaban porque se fundía en un papel que todavía, aunque amarillento, sobrevivía a los años, a la promesa e incluso en algunos de los casos, podría ser que hasta a ellos mismos.
Una primera hoja, de tres que forman la misiva, estuvo en manos de la mujer, pero ahora es Clarisa Ramon, quien lee los tres vocablos que ya conoce y que se repetirán hasta la última carta que lea.
Cumplidora de deseos
Vivo sola, tanto como sólo puede hacerlo una persona que se ha quedado sin más compañía que la de los ruidos que llegan desde el exterior. Hija única de una pareja, que mayor en el momento en que decidieron procrear, ha muerto. No se entristezca por lo que le cuento. Si decidí empezar por lo que a mi me resultaba mas dificil, seguramente, es porque ya lo he superado o, al menos, es lo que menos me acerca al deseo de no estar en esta vida.
No sabré como continuar con esta carta, a propósito de lo que usted propone en su anuncio, sino paso de inmediato ha hacerle saber cual es, al fin de cuentas, mi deseo. El anhelo que me sostiene sobre los pies y que acude a mi mente en toda oportunidad que puede o que yo dejo que pueda, no estoy segura de esto, aunque tampoco de muchas otras cosas que puedan estar sucediendo y si estas, ocurren por la infinita bondad de un ser superior o si es por la otra no menos infinita, pero cruel bondad (como pareciera dejarse entreveer).
Pienso en que para ese momento en el que ya esté sobre estas líneas habrá presentido mi deseo y que este al menos dejará de importar tanto para mi porque estará en manos de alguien que intentará hacerlo realidad.
Cortez golpeó la puerta y entró pidiendo permiso. Clarisa, con la carta en la mano para hacerle ver que no podría detenerse, aguardó a que dijera lo que había venido a decir. Ambos sentían que había interrumpido, pero Clarisa era quien debía dejar de lado la postura que había elegido. Intentó una tregua que Cortez aceptó sin que mediara un gesto. Como si hubiera crecido esa mañana ante él mismo y después del ofrecimiento que Quimpás le hiciera y debiera aceptar todo con la seriedad que requería su estado actual, adentro de la editorial.
En media hora tengo una clase a la que no puedo faltar. Necesito dejarte éstos números de teléfonos a los que tiene que llamar Quimpás hoy, sin falta y en cualquier horario, él salió, siguió explicando por si acaso fuera necesario, y no quisiera que se traspapelaran, ¿puede ser? terminó diciendo mientras estiraba su cuerpo por sobre el escritorio para que ella los tomara.
Ya no estaba tan segura de que haber depuesto su actitud negativa hubiera sido la mejor decisión y prefirió aclararlo para evitar inconvenientes futuros. Problema no habría si él llega antes. ¿Cómo hacían hasta ahora con los mensajes ineludibles?.
Hasta hoy yo sólo los dejaba sobre el escritorio. Pero no me quedaron demasiado claras las palabras del jefe y no sé si él se estaba refiriendo sólo al trabajo de las cartas cuando me ofreció aprender el oficio y bueno, como no estoy seguro, quiero asegurarme. En verdad es por hoy y porque Quimpás se fue, mañana le pregunto.
Bueno, por hoy creo que está bien. Dijo alargando la frase.
Gracias Clarisa, te debo una. Ella no pudo menos que observarlo mientras le decía esto y salía con el ímpetu de las primeras horas del día. Para ella era un poco tarde ya y empezó a sentir que el cansancio la situaba más cerca del descanso que de seguir estudiando o, en este caso, de seguir con la lectura. Aunque, pensó, quizás sea por el tipo de carta. Recordó las primeras líneas y en verdad eran un poco lúgubres, quizás demasiado para esta hora, se dijo y resolvió realizar otra tarea que la distrajera sin ocasionarle adormecimiento o pesadumbre y, en vos alta, mañana.
Pero mañana sería para ella más tarde. Cuando en su casa después de servirse la cena y quedar satisfecha, intentó distraerse con algún programa en la pantalla chica. Bien, ellos decidieron por mi. Clarisa Ramon hablaba para escuchar algun sonido, aunque este fuera su propia voz y así, sentirse conectada con el resto a los que no veía sino de tanto en tanto, procurando no dejarse arrastrar hacia todo lo que ella consideraba como una abismal descendencia. Tomemos la carta y leamos que dice esa señora acerca del deseo que ya debería estar entreviendo nuestra cumplidora.
Como antes le dije, estoy sola. Vivo un poco al margen de todo y ni la cotidianeidad me une a las personas. Observo en ellas el desagrado a la vida sin que esto sea percibido por ellos mismos. Yo puedo, porque a través de sus miradas cansadas me enfrenté alguna que otra vez con sus propias muertes o, si lo prefiere, a un desánimo que los llevaba directamente al desfallecimiento de sus cuerpos, que los dirigía a una muerte peor de lo que podría ser la verdadera.
No existe una definición que pueda acercarse a lo que ella siente. Cree que en cualquier instante van a entrar por la puerta cien angeles que de espalda le dirigirán la palabra. Que cuando esto suceda, lo harán para recriminarle el amargor que siente después de haber leido esa primera hoja.
Pero qué puedo hacer con esto sino transcribirlo y que llegue en forma de libro a transitar sobre las mismas historias. A quién le podré preguntar acerca de ti o de la anterior a ti sobre esas promesas. ¿Qué te llevó a elegirnos como antes a vos? No puedo imaginar que ahora seas tan anciana como para haber decidido abandonar el lugar. Todo lo contrario. Aunque podría ser posible que te hubiera sobrepasado y que por esta razón, te hubieras visto en la necesidad de dejarlo. Eras en verdad una cumplidora de deseos o sólo una metáfora de un deseo personal que encerraba a otras búsquedas y cumplido este ya no tuvistes la obligación de continuar. Decididamente voy a leer las cartas para encontrar las respuestas y deseo desde ahora que no me defraudes, porque no voy a poder inventar una identidad y mucho menos un rostro anciano que devuelva una sonrisa.
La noche también había encontrado trabajando a Benitez. Tenía en sus manos un sobre que no había sido abierto y aún no se había podido explicar el significado de las hojas de la otra bolsa. Cuando abrió el sobre encontró tres y los pliegos en los que se describía el deseo de un hombre al que jamás encontraría en su camino. Se esfuerza en leer un borrón, mientras, absurdamente, se crítica sin poder hallar una pista sobre el orden de letras y palabras que llega riguroso. Pero debe transpirar el error en tanto siguen llegando las demás para enmendarlo. Hay resquemor en la mirada de Benitez mientras lee. Siente que la carta invade una lápida antes de tiempo y no le gusta. Tampoco quiere abandonar la lectura, pero lo hace y escoge a las hojas, que como víctimas desproporcionadas, caen sin haberlo ayudado a encontrar un sentido. Afuera han comenzado a apagar el alumbrado público cuando se recupera. En el mismo lugar en donde se quedó la noche anterior imaginó a un hombre al pie de un árbol y una complicidad enmarcada por un viento suave que arrastró al hombre y lo llevó a buscar la palabra, que anónima llegaría demasiado tarde.
Toda una vida me llevó comprender, pero lo he hecho.
Lee mientras desea seguir haciéndolo sin que le llegue su propio destaze y quedar atrapado en esa historia que para él, encierra la misma idea que se continúa. El hombre cercado en un espacio al que no puede dejar de verlo infinito.
Invoco al espíritu del indio, que sin llorar a los espíritus de sus antepasados, apoyó sus orejas en la tierra y supo cuantos jinetes venían sobre un total de cinco caballos. Aunque no pudo advertir a los escuálidos y galopantes que fecundaron la llanura con el terror. Un poco más cerca, como quien dice a la vuelta de la esquina, el mismo terror. El mismo pánico que conlleva a la masacre y a la casi extinción. Pero para todos la mediación sirve si es en un estado primigenio con lanzas de un lado y fusiles del otro. Después viene la otra mediación, con los cuerpos sin vida, mientras ellos mismos cavan una fosa común.
Sin presentir más que las palabras que, día a día, se iban diciendo adentro de la oficina de Quimpás, se adentraban en los deseos, que a veces hacían propios. Quimpás había tomado en cuenta la opinión de Benitez que era la del resto y si bien no la compartía, también había sentido que el total de las cartas debía soportar una reducción. Pero lo que nunca aceptaría y así, se los hizo saber, era que llegaran a ser unas cartas empobrecidas, aunque compartieran el destino con el proyecto, porque prefería que permanecieran adentro de un cajón. No sólo pensaba en la fidelidad que le debía a quien permaneció junto a su obra, aunque ahora ésta, pendiera anónima, sino que además en los seres que se habían adherido al anonimato como a un sueño último. O como Clarisa Ramon lo había expuesto antes, después de que pensó en que era una cadena que se había originado en un deseo personal a la que fueron llegando otros y que en algún sitio se habían adherido o habían sido adheridos llegando a formar un único deseo.
Hasta ese momento habían pasado varias semanas y el único que no había hecho comentarios había sido Rubén Cortez. Como después explicó, fue porque sino hasta ahora no había querido interrumpir la hilvanación que venían haciendo y que para él, llevaba en si misma un gran valor, pero a la que sentía lejos de ser la correcta o al menos, la apropiada.
Una fuerza extraña enmarcó las caras de los tres que lo observaban y Cortez sintió que no podría hablar. Quimpás se había quedado absorto en la palabra que el muchacho dijo y en que esta proclamaba un proceso que se podría llegar invertir cuantas veces se deseara, pero por el que no llegarían a una conclusión.
En medio de las miradas iracundas de Benitez y de Clarisa Ramon, Cortez empezó a defender lo que consideraba que estaba ocurriendo. Creo que la intención de leer todas las cartas llevó a que nos involucráramos con el contenido y quizás, no pudo haber sido de otra manera.
Vos pensás que yo pude incolucrarme con las cartas, cuando traté de encontrar un anhelo personal en el origen.
Mirá, Clarisa, lo que a mi parece es que si esa señora concluyó con el correo porque pudo cumplir su deseo, la pregunta aquí es por qué se tomó el trabajo de entregarlo y, además, si nos eligió al azar.
¿Cuál sería la diferencia?, según vos pensas.
Ninguna, si hubiéramos pensado en no hacerlo.
Retomemos, empezó diciendo Benitez, que hasta entonces se había mantenido callado, debemos pensar en la posibilidad de que la señora considerara que era necesario que se dieran a conocer y de este modo, podríamos concluir en que no era un deseo personal.
No, eso no la exonera. Intervino Quimpás.
Tampoco cometió un delito como para que ahora nosotros seamos el jurado y el juez. Decidió Clarisa Ramon.
Bueno, por lo visto ya tiene un defensor. Volvió a intervenir Quimpás, pero intentando un tono burlón para suavisar la situación. Su estrategia dió resultado a medias porque Clarisa Ramon pidió que la excusaran un momento y Benitez se encontró diciendo que iba a buscar algo para tomar.
Quimpás y Cortez se quedaron solos. La pregunta estaba en el aire, pero Quimpás debió hacerla, porque Cortez revolvía el lapicero sin que pareciera querer dejar la acción.
Por qué no dijistes nada cuando empezamos con todo esto.
Cortez debió dudar un poco antes de responder y cuando lo hizo, más seguro y animado por Quimpás, dijo que no estaba al tanto del trabajo que tenía que realizar y por lo tanto, no sabía hasta que punto le permitirían involucrarse.
¡Pero muchacho!, saltó Quimpás, si hubieras hablado antes, ahora iríamos por mejor camino y quien sabe si ya no estaríamos próximos a la edición. ¿Qué pensas que estamos haciendo mal?, además de que el proyecto está mal encarado.
En realidad creo que es sólo eso.
Bueno, ¿cómo lo habrías hecho si hubieras estado solo en esto? Aunque, no esperá.
Lo próximo que hizo Quimpás fue llamar al resto para intentar un nuevo trazado que él, considerándose sabedor del oficio, haría.
Mientras seguían aguardando a que Quimpás decidiera el orden en que volverían a encarar el proyecto, Benitez y Clarisa Ramón continuaban con la lectura de las cartas. Quimpás estaba en lo mismo, aunque ellos no lo sabían y Cortez convocado por su jefe, se pasaba la mayor parte del día en la biblioteca intentando encontrar en un periódico el recorte de la Cumplidora de deseos. En tanto Sonia Asis, la recepcionista, comenzó a encargarse de algunas de las tareas que realizaba Cortez antes de dejar su puesto vacante.
Clarisa Ramon, sin tener aún la claridad del nuevo trazado se inmiscuía en las cartas, pero ahora intentando abstraerse casi tanto como de su primera percepción. Insistiendo sin entreveer que para ella se encadenaban el día y la noche.
Una carta que lee parece suspirar cuando nota el temblor en sus dedos, mientras ve que el cuarto está oscuro salvo por la lámpara que enfoca al papel. Sólo cuando sus ojos comienzan a ver un texto que llega a parecerse a líneas grises, desunidas por los bordes, decide levantarse, pero para seguir en el texto al que relee mentalmente.
Tenía un deseo cuando era niña y de esto hace mucho tiempo. Mi deseo era el mismo todos los años porque yo quería que Papá noel me trajera una muñeca que fuera como yo de alta y que hablara y caminara. Con el tiempo pude saber porque nunca se me cumplía, pero en esa época me dolía el corazón cuando veía a otras niñas con sus muñecas. No sentía verguenza de que las otras niñas la tuvieran y yo no, porque llegaran a pensar en que me había portado mal. Quería una porque sentía que la merecía y cada año que pasaba volvía a sentir lo mismo, hasta que crecí y dejé de pensar en las muñecas. Después me casé y tuve dos hijas que fueron y serán toda mi vida.
Deseo, deseo, quiero un deseo. Quiero poder llegar a entender a esta correspondencia anónima.
Una columna invisible a los ojos sostiene a la historia que se ha ido construyendo. Una columna de lastre que une y desune al mismo tiempo. Una salvación digerida antes y lista para volver a ser digerida, siempre y cuando, el proyecto estuviera enfocado hacia el objetivo primero. De lo contrario, desde la editorial habrían quedado cientos de vidas expuestas, pero sin haber sido quitadas de la primera hilvanación; primera y única que se había hecho alrededor desde el origen.
Ella cierra los ojos y vuelve a pensar en lo que deseaba cuando era niña. Sus deseos no se parecen a los de la señora de la muñeca. Tampoco debió sentir de la vida, la ínfima precariedad. Se asusta un poco porque siente que algo grita y proviene de su pecho. Cuando intenta volverlo a traer no puede y se queda como estaba, por un rato, como si aguardara a que el instante que si se desea tan sólo llegue.
Es tarde cuando decide regresar a su casa y sobre la salida se encuentra con Benitez, que envuelto hasta las orejas le cuenta que la temperatura está bajo cero. Y esto era real como que ahí adentro no lo sentían y se dejaban cobijar todo lo que pudieran llegar a permitirse. Hubo un instante también para Benitez que no mira mientras ella se despide de Quimpás, aunque ambos están lejos, después alza la mano y sale a la calle y a la noche, pensando en que hubiera pasado. En vos alta sólo dice deseo y vuelve a acariciar a la palabra y como si quisiera enfrentarse, pero no al frío o a la noche.
¡Qué pasa aquí, será que sobra o que falta la reiteración!.
Una luna grande parece querer mostrarle otra cara de la noche, pero baja los párpados e interna un poco más a su cuerpo adentro del abrigo y continúa el camino que lo llevará a su casa.
Cortez llegó a la editorial lleno de satisfacción. La misma que sentía cuando las cosas le salían bien. Su cara y todo el cuerpo se fundían con la sensación y quería hablar ya y decirlo todo de una vez.
A ver muchacho, contá hasta tres y empezá.
Está bien, ya lo hice.
¡Qué rápido!, ironizó Benitez, que fue sacudido por la mirada de Quimpás.
Encontré un diario, recalcó mientras miraba a Benitez, en el que apareció el anuncio de la cunplidora, y aclaró, hasta acá no es mucho, pero tengo que contarles que no figuró en ningún otro, ni antes ni después.
Eso si que es raro, dijo Quimpás masajeando su cabeza con ambas manos, por qué habría de hacer el anuncio una sola vez.
Pudo suceder que le llegaran demasiadas cartas y si estaba sola no le quedó otra opción. Lo que había resultado evidente para Cortez no lo fue tanto para el resto que decidió buscar otra, que los convenciera.
Y si fue un error. Dijo Benitez.
¿Dónde está el error?, le preguntó Cortez.
No en tu tarea, sino en la intención del anuncio. Supongamos que el anuncio estaba dirigido digamos, y miró a la mujer que estaba con ellos, a hombres.
¡Perfecto! no he escuchado otro disparate más grande en mi vida, sentenció Quimpás, desde ahora me está pareciendo que deberíamos irnos cada uno por su lado y pensar muchachos, pensar, que les aseguro no hace mal. Creo que el cansancio está haciendo estragos y que lo mejor va a ser que tomen distancia con las carta, al menos por un tiempo.
Cuantro años debieron pasar hasta que pudieron cubrir el proyecto. Durante ese tiempo tuvieron lugar muchas conversaciones en las que la mayoría terminaba en una discusión. Otras se dispersaban, como al principio se había sugerido y debían dejar a las cartas nuevamente adentro de un cajón.
Una carta, después fueron varias, en la que se mencionaba la elección de las hojas los llevó a entender qué significaba su presencia. Esa carta había estado en manos de Benitez el día que eligió para decir que se marcharía. Un poco antes de esto, leía una frase en un fragmento, que interrumpida quedaba para ser interpretada y esa fue elegida para representar la idea. “Porque la vida me ha enseñado”, se publicó sin que Quimpás pudiera verlo. Pero unos meses antes, como si hubiera sabido, había tomado la decisión de dejar a Cortez al frente de la editorial.
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